EL LARGO VIAJE DEL TORO MODELADO DE PUPUJA
A Anta Atoq
Con sumo cuidado fueron embalándose toros cerámicos. Uno -con la pata delantera rota y signos de deterioro por el largo tiempo enterrado- recibió tratamiento y fue guardado entre papeles sin ácido. Ya concluyó la construcción de los depósitos de conservación del Museo Nacional de la Cultura Peruana y, nuevamente, cada una de las hermosas piezas ocupará su sitio, en uno de los más importantes repositorios del arte tradicional peruano. Esta colección de toritos empezó en la década de los ’40.
Mi búsqueda de datos sobre el toro de Pucará favoreció el reencuentro con relatos y objetos rituales muy antiguos, latentes en la actual iconografía. Un valioso y entrañable hallazgo marcó un antes y después en mi entendimiento de 'lo popular' y 'lo tradicional', desde ese hallazgo ya no leo, ahora converso con él (confesaré que ha sucedido en pocas ocasiones, es esquivo cuando voy por ahí, ociosa) y forma parte de mi panteón personal: José María Arguedas. El hallazgo: el toro de Pucará, su fibra vital.
La introducción del toro de cerámico tradicional en el gusto limeño se debió a los indigenistas sabogalinos. En ese colectivo se entrelazaron muchas personas con ideas comunes a la ruta cultural del Perú. También se unieron parejas como José María Arguedas y Celia Bustamente. Alicia Bustamente, su hermana, fundó la Galería Pancho Fierro, trabajó con José Sabogal en el Instituto de Arte Peruano del Museo de la Cultura Peruana junto con Camilo Blas, Teresa Carvallo, Julia Codesido y Enrique Camino Brent. Una gran familia, un grupo fenomenal, con más cohesión que entredichos.
Arguedas –pilar importante de esa tendencia artística, académica y de gestión- se nutrió del mundo rural, lo interpretó, vivió la litorización: olas de migrantes llegados a las capitales costeñas. Buscó salidas ideológicas y emocionales. Fue un preclaro intelectual peruano que protestó con su muerte los cauces culturales prefigurados en el Perú de los 60. Al final de su vida sentenció: “ese toro ha muerto”, en referencia al toro indio, el de su Yawar Fiesta (1941), el de Mitos, leyendas y cuentos peruanos (1947), el de Cultura y pueblo (1964), y el de su último escrito periodístico Salvación del arte popular (1969).
Arguedas construyó con el toro andino su sinécdoque personal. En su artículo Salvación del arte popular afirmó:
“Aquel toro modelado uno por uno como ofrenda a los dioses montañas, esa figura con aire y rostro verdaderamente irradiante de misterio: ese toro ha muerto… Creo que el ‘toro’ de Pucará se extinguió porque era un objeto religioso modelado por los indios más aislados, con menores vínculos en el mundo urbano”.
Este artículo fue enviado por JMA al diario El Comercio unos días antes de su suicidio. Él, con la sensación de indio a flor de piel, sintió que el mestizaje adquiría una visión alejada de lo indio. El interés de Arguedas por el toro era antiguo: a los 30 años publicó su novela Yawar Fiesta y seis años después, en 1947 –en coautoría con Francisco Izquierdo Ríos– el libro Mitos, leyendas y cuentos peruanos. El análisis de los relatos los encaminó a la médula de los secretos de las lagunas y concluyeron: “El ‘toro’ sustituye al ‘amaru’ para explicar el misterio del origen de las aguas mediterráneas. El concepto mítico permanece, pero el personaje es sustituido: la serpiente por el toro. […] En algunas regiones, […] la sustitución se produce conservándose el nombre quechua ‘amaru’, cuyo significado sufre una traslación absoluta. […] La transformación del amaru por el toro ha causado, por supuesto, al mismo tiempo, una transformación del antiguo personaje mítico; se trata de una de las formas de la retradición cultural del toro y de la conversión de un símbolo antiguo que toma la forma de un elemento incorporado que sufre una nueva reencarnación”.
Ese toro indio que Arguedas amó sintetiza la cosmovisión indígena precolombina en el periodo postcolonial. El origen del toro no es indio, así como él, que no nació en cuna india. Sin embargo, ambos fueron transformados por simbiosis con lo indio, adquiriendo la impronta cultural andina.
Nombrado director de la Casa de la Cultura del Perú, Arguedas publicó en 1964 la revista Cultura y pueblo. En la carátula del primer número está el toro de Pucará y en el pie de foto señala: “[…] está hecho de barro; lo modelan los indios de Santiago de Pupuja. […] Un antiguo dios, el amaru, que tenía forma de serpiente y vivía en el fondo de los lagos, fue transformado en toro, según las creencias indígenas. Y así, ya considerado como una especie de dios, lo modelaron […]”.
Cinco años más tarde, Salvación del arte popular, uno de sus testamentos ideológicos, fue un responso al toro de Pupuja. José María Arguedas sentenció la muerte del toro indio, sentenció –una vez más- su vida. Al poquísimo tiempo, se suicidó. El toro cerámico de Santiago de Pupuja fue el objeto simbólico que él emblematizó con su historia personal, su destino.
Ese toro indio no ha muerto. Sus creadores viven, con embates han resistido y continúan con la tradición alfarera. José María Arguedas tampoco murió, así como nadie muere cuando es amado, recordado y emblematizado.
Fedora Martínez
Fuente
F. Martínez. Del Amaru al Toro. Instituto Nacional de Cultura, 2010.
F. Martínez. El toro de Pupuja. Ministerio de Cultura, 2011.
Foto: Soledad Mujica Bayly